He vivido 5 meses en una furgoneta en Australia. Entre noviembre y abril, verano en el hemisferio Sur. Y en cuanto este invierno pase, voy a volver a mudarme a mi casa rodante por otra temporada. Una vieja Toyota de 1991 color gris plateado. Tan básica y resistente como los móviles de finales de los 90. Sin aire acondicionado, luces interiores, radio, elevadunas eléctricos ni dirección asistida. Suena por todas partes, pero siempre arranca y me ha llevado a lugares increíbles. Más de 5000 km por la coste este australiana. Es bastante compacta, con una cama de soltera en la parte de atrás y espacio debajo para guardar mis cosas. Y sabes qué? No puedo esperar a volver a dormir en ella! La miro cada día y le pido perdón por hacerla esperar tanto. Pero ahora hace frío, estamos descansando.

¿Qué me llevó a abandonar la comodidad y privacidad de una casa el verano pasado? No pretendo convencer a nadie. Ha tenido sus limitaciones y dificultades. Sin embargo, en esta vida hay que elegir. Y, en cada decisión que tomamos, descartamos algo. Os puedo decir que ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.

Yo quería ser libre para viajar en carretera por un pais inmenso y perderme del mundo.  Quería llamar “casa” al lugar en el que estaba. Quería despertarme frente al océano y dormirme con el sonido de la olas. Quería desayunar, comer y cenar en lugares hermosos. Quería experimentar lo que es imprescindible para vivir. Me dirás que no hace falta mudarse a un coche para saber qué cosas son esenciales. Pero estoy bastante segura de que tendemos a olvidarlo y nos perdemos en el imperio de las cosas, como dice Fario. Así que esto fue una terapia de choque para mi existencia acomodada. Cuando vives en una furgoneta, no acumulas. Inicialmente, no acumulas porque no puedes. Posteriormente, no acumulas porque no lo necesitas.

Te das cuentas que para cocinar solo necesitas fuego, agua, una sartén, una cuchara y un cuchillo. Así que cuando ahora estoy en una cocina y abro los armarios, veo abundancia y acumulación por todas partes. Revalorizas como objeto de lujo un grifo con agua corriente, una nevera con hielo y una ducha caliente. Te conviertes en un explorador intrépido en busca de agua para lavar los platos, un baño público, una playa con ducha, un parking con un gran árbol que te de sombra y una mesa de picnic con vistas. Y las encuentras, y eres feliz! Solo con eso y con tu pinta en pijama. Es libertad, amigos!

También me ayudó a conectar más conmigo y con la naturaleza. Me iba a domir cuando la noche había caído y me despertaba con la primera luz del alba. Tantos amaneceres! Cuando te acuestas a las 8pm y te levantas a las 5am durante más de un mes, tu cuerpo se transforma y sientes con más fuerza la energía del sol y la luna.  Mi menstruación se coordinó con la luna llena, en un ciclo exacto de 28 días que jamás había tenido. La misma luna que rige las mareas y los océanos, estaba rigiendo mi feminidad y mi capacidad de dar vida. Uff! Pelos de punta.

Australia me dio la oportunidad de dar este paso y no sentirme sola en la hazaña. La cultura del surf y la inmensidad natural de estas tierras llaman a ello a gritos. Así que conoces a otras personas tan cuerdas como tú, que decidieron que necesitaban menos dinero y cosas, y más tiempo para viajar y zambullirse en el mar.

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