Hoy, en la playa, he tenido una visión. Era como una metáfora vital que aclaraba cierto camino de luz en la borrasca de acontecimientos desafortunados de los últimos días. Días en los que, de repente, cosas no vitales pero confortables comienzan a romperse a la vez y quieres cargarte en todo, pero vas a la playa y tienes una visión.

Mientras refrescaba los pies en la orilla, la brisa del océano pacífico era demasiado sanadora para despreciarla y me quedé durante un rato observando los 15 km de playa abierta que se presentaban ante mi. Con mi sensibilidad lo suficientemente despierta esta tarde, fue fácil quedarme observando el tiempo pasar en semejante paraíso.  Entonces, reparé en las pequeñas piedras pulidas que se agrupaban en la orilla. Ese generoso montón de piedras de diferentes tamaños lo percibí como todos nosotros, las personas, quizá la humanidad. Éramos un montón de manchitas oscuras en una carrera vital sobre la blanca tierra. Y lo que sucedía es que, la marea subía y bajaba, y las transportaba hacia arriba y hacía abajo, como la vida baila con nosotros, con ese mismo movimiento pendular que dirige nuestros días.

Comencé a observar que las piedras más pequeñas avanzaban más ágiles y rápidas que las piedras grandes. Las grandes resistían con más seguridad el envite del agua. Eran más estables que las pequeñas, pero no fluían con las olas ni eran tan libres como éstas últimas. Eso sí, el fluir era en todos los sentidos, hacía delante, hacía atrás, hacía los lados. Así que las más pequeñas avanzaban mucho, pero también retrocedían, de forma aleatoria.

Y ahí pensé, que somos piedras grandes cuándo acumulamos equipaje, poseemos y acumulamos cosas y personas que nos agarraban y dan confort en la marea.  Y somos piedras pequeñas cuando nos liberamos de ese peso y nos rendimos a los cambios, tanto positivos como negativos, fluimos y experimentamos.

Lo revelador fue que al final todas las piedras estaban en la misma loca carrera, y ninguna tenía nada asegurado. Así que pensé que lo que único que nos queda es decidir si queremos ser piedras grandes o piedras pequeñas.

Como resultado, mi coche-cama en el taller, mi móvil roto y la nube gris que me había perseguido estos días se empezaron a diluir. Decidí ser una piedra pequeña australiana, volver a la toalla y contarle toda la paranoia a mi amiga Martina. Me dijo que para ella tenía sentido. Como la vida misma.