Be afraid of nothing, you have within you all wisdom, all power, all strength, all understanding.

Lo confieso. Tenía miedo de hacer sola el viaje que os cuento ahora. Miedo, sí. Pensad lo que queráis, no voy a hacerme la mujer impenetrable delante de todos vosotros, muchos me conocéis demasiado. Es, a través de las fisuras de alma, por donde se nos cuela la luz.

Al mismo tiempo sabia que iba a hacerlo, de alguna forma lo haría, me decía. Conocía esa sensación de precipicio bajo los pies, esa habitación oscura que hay que cruzar para llegar a la siguiente puerta. El miedo a lo desconocido. La desconocida aventura en solitario de 3000km en una furgoneta destartalada de principios de los noventa por la costa este australiana. No quise buscar la compañía de viajeros desconocidos, los grupos de mochileros de Facebook no me cuadran mucho. Ahora pienso que de alguna forma sabía que era un atajo equivocado. Tenía que hacerlo sola. Sabiduría interna. Ese palpito que tantas veces oigo, pero no caigo en escuchar y confiar de primeras.

Iba a hacerlo sola y iba a salir de ello gloriosa. Grande. Victoriosa. Iba a quemar en una hoguera los miedos, las inseguridades, los “pero y si” de chica de pueblo. Iba a conducir yo todos los kilómetros, iba a preparar yo todos los desayunos, las comidas y las cenas, iba a dormir todas las noches abrazada a mi cojín favorito. Iba a tomar yo todas las decisiones, sin planes, sin presiones, sin acuerdos, lo que me diera la real gana. Iba a escuchar cantar al Kookaburra, caminar por playas kilométricas y senderos encantados. Iba a presenciar vistas infinitas, atardeceres con canguros, noches con el sonido de las olas y amaneceres rosa pálido. Iba a ahuyentar a los cuervos que se daban un festín de wallaby descompuesto en los márgenes de la carretera. Iba a escuchar una sinfonía de pájaros poco antes del amanecer y el rugido del bosque a partir del crepúsculo. Iba a enfrentar las olas demasiados grandes para mi, el miedo a los tiburones y las tormentas de truenos y relámpagos. Iba a conducir por carreteras hermosas hasta que se me saltarán las lagrimas.

Hola, estás sola?, a veces preguntaban los pocos humanos que me encontraba. No, pensaba. Estoy con mi mejor amiga. Es mi compañera de cada día, la que siempre está. Nos hemos hecho uña y carne. Le cuento mis secretos, mis frustraciones, mis miedos, mis momentos de éxtasis, y siempre me escucha. Es genial porque nos gustan los mismos hombres, los mismos libros, los mismos olores, la misma música, la misma comida. Me levanto cada mañana y pienso, otro día conmigo misma! Que hacemos hoy? Perdámonos por Australia, algo encontraremos, me responde.

Sin embargo, la vida es sabía y sabe que con el encuentro con otras almas ponemos en práctica todos los libros de teoría interna. Por eso se cruzaron en mi camino Lucie y Antía. Otras dos almas intrépidas que llegaron a mi en el momento perfecto y con las que compartí en diferente momentos un pedazo de esta costa interminable, que se desliza hacia el sur entre dos mantos, uno azul oceánico y otro verde eucalipto.

Éste es el mapa de la ruta que hice en furgoneta entre Byron Bay y el parque nacional The Grampians, en Victoria, a 3 horas de Melbourne hacia el oeste. Era febrero de 2018, me llevo un mes hacerlo, sin prisas. Y algunas fotos que tomé en el camino. El próximo día os cuento sobre cuando metí la furgo en un barco y me fui a Tasmania. Merece un capítulo aparte.