Siento que necesito descansar. La diosa en mi se ha manifestado durante mi viaje, es libre, salvaje y valiente, pero el proceso de liberación ha sido agotador.

Una de los sintomas de conexión conmigo misma de forma profunda, y que he vivido recientemente, es la escucha de una voz interna, que antes ni siquiera oía. Hace tiempo atrás, era ignorada entre un ruido constante, y muy poco a poco, se hizo más presente. Un lejano aullido de supervivencia.

Ahora esa voz me dice, para. Me dice, asimila. Te he traído un invierno para que te resulte más fácil. Principalmente asimila el último año, tiempo en el que he estado ascendiendo sin descanso gracias al calor del sol de un verano prolongado.

Todo comenzó el pasado invierno en Byron Bay, cuando experimenté de forma involuntaria una tristeza que provenía de un lugar profundo. Era una de esas tristezas que endurecen el corazón, pero la dejé estar. Le abrí la puerta y la invité a entrar, más que nada porque si le cerraba la puerta, se quedaba fuera, esperando a entrar en casa. Fueron todos aquellos hermosos amaneceres y atardeceres en la bahía, todas esas horas frente al océano, todas las personas que conocí y con las que compartí palabras y miradas, todos mis momentos de lucha y rendición y sobre todo, esa invitación forzada a mi sala de estar, lo que diluyó la tristeza en el río de la vida.

Tras la rendición invernal, llegó una primavera gloriosa en la que florecí y me acompañaron unos ojos azules que me calmaban por dentro. Había llegado el momento de enfrentar una nueva aventura. No exenta de miedo, enfrenté los fantasmas internos que me acechaban y me atacaban en cuanto bajaba la guardia. Tras días de observación, reconocí en esos altibajos a una adolescente que no se consideraba suficiente. Una alma que llegaba años buscando calor afuera y que solo había topado con fuegos ajenos u hogueras medio apagadas que no calentaban.

Así que cogí mis cosas y me fui. Yo sola, en verano, en un buen momento para entrenarme sin riesgos. Para demostrarme que era suficiente. Me convertí en una loba solitaria que tuvo que aprender a cazar como una tigresa y que prosperó entre paisajes de montañas, océanos y arrozales. Afortunadamente, me encontré con otras lobas solitarias en el camino, que ayudaron y de las que aprendí. No podemos sobrevivir por mucho tiempo sin la ayuda de la manada.

Durante el viaje, se me presentó la oportunidad de trasladarme durante un mes a un tranquila zona rural en Bali. No sabía bien qué me espera allí, pero las palabras conexión, madre tierra y respecto me resultaron convincentes. Mi intuición estaba hablándome de nuevo, pero, en esta ocasión, su voz sonaba más clara y familiar. Me decía, ve. Así que fui. Las indicaciones que mi intuición me estaba dando me dirigían a un lugar en el tuve que reducir velocidad, pensamientos, planes. Me dirigían a más soledad y es algo que me creó bastante confusión. Sin embargo, era necesario. Era la culminación de un descubrimiento. Justo ahí donde parecía que ya no había nada, más que yo misma, encontré a la diosa de mi fuego. Era la diosa en mi, libre, salvaje y valiente, que ahora tiene una hoguera encendida para mi en este frío Melbourne.