Los días se acortaban poco a poco. Tras las lluviosas tardes de Junio, el solsticio de invierno trajo una calma fría, que se prolongó durante semanas.

Semanas de amaneceres rosa pálido y saludos de ballenas en el horizonte de Tallow Beach. Martes de surf relajado en el Pass, si eras de los privilegiados. O solo de fines de semana si eras de los estudiantes responsables. Pero, sobre todo, tarde tras tarde, comenzaron a repetirse los crepúsculos azules y naranjas sobre Mt. Warning, que se batían en duelo con los tonos pastel de Julian Rocks. Sin darnos cuenta, habían llegado las noches de tambores, gorros de lana en el Wreck y Pacific Ale en el Rails. Sin percatarnos,los miércoles eran tarde de meditación o de pizza peperoni. Como si nada, los breaks en el balcony y los ejercicios en grupos de tres, nos habían puesto en el mismo lugar, en el mismo momento.

Eva, Alberto y Gari saben de la transformación de la que hablo. Estuvieron allí. Y ahora estarán sonriendo.

Y Eva sabrá que los paseos y las tardes en la playa con ella fueron maravillosos. Y que las mañanas en clase pasaban mucho más fluidas, cálidas y francas gracias a su diligencia. Puedo decir que el avocado, el kale y las semillas de chia me recuerdan tanto a ella como muchas de las esquinas de Byron.

Alberto ya lo sabe, pero escuchará de nuevo que no hay quien no se ría con él. Me devolvío la risa contagiosa que había perdido y el gusto por el tinto de verano y los ojos azules. Y me dio el status de princesa galáctica que regirá el destino de la bahía por largo tiempo.

Gari quizá sepa, o se entere ahora, que caminar horas a su lado fue un regalo del universo. Y que aprendí tanto de su gesto relajado, mente incrédula y corazón iluminado que siempre le estaré agradecida.

Un día de Agosto, para celabrar que cada uno seguiría su camino por separado, alquilamos un coche y nos fuimos de excursión. Yugairyr National Park nos recibió con una belleza salvaje de vida y muerte. Nos sedujo con familias de canguros pastando plácidamente. Y nos conmocionó con la batalla perdida de una ballena barada en una playa solitaria. Nos encontramos un oceáno abierto contra la tierra roja, que compartimos al otro lado del mundo.