Según entré a Billinudgel, tuve la impresión de que no sucedía nada ahí. Calles vacías, locales cerrados, peatones ausentes. ¿Dónde está la vida en este pueblo? Pero tuve confianza. Creo que estoy mejorando en esto. Hasta entonces, Colin siempre me había acompañado a lugares interesantes, seguro que no iba a decepcionarme en esta tarde de domingo.

Lo más hermoso de no preguntar “dónde vamos” o “qué hay allí” y dejar que la improvisación domine mi mente estructurada es que Australia me regala momentos de absoluta experimentación. Como una niña que descubre. Y dado que no tenemos el poder de volver atrás, de volver a ser niños, descubrir se convierte en un lujo.

Así que esto es lo que encontré: Un pueblo tranquilo que se junta una vez al mes para bailar bajo un cielo florescente. Y cuando bailan, bailan.