Muchas veces no me siento preparada para escribir. Tengo que esperar. Sentir que sé lo que quiero contar. Y esto me puede llevar un año, pero llega, como todo en la vida.

Tras tres meses de aterrizaje en Byron Bay, Abril de 2017 traía consigo lluvia, festivales y nuevas ilusiones. Mi periplo en Australia no contaba con planes fijos, pero la idea de un primer viaje en carreterra ilumina mi mirada. Aún tenía mucho miedo de hacerlo sola, eso estaría por llegar, así que la vida me ayudó un poco y me presentó a un compañero de viaje.

Fueron dos mil kilometros hacia el norte, hasta Daintree National Park. Kilómetros y kilómetros de carretera bordeada por eucaliptos, que acababa en playas de arena blanca, islas paradisiacas, dunas y milenarios bosques tropicales. Se sucedían las noches en tienda de campaña bajo las estrellas. Los amaneceres con café recién hecho y las cenas con vino a la luz de las velas. Hubo días de mala suerte, de viajes astrales, de drama y reconciliación, de lluvia torrencial y de felicidad.

Sunshine Coast/Noosa

Tomamos rumbo norte perdiéndonos por las onduladas carreteras secundarias de Sunshine Coast hasta alcanzar Noosa. Este pueblo descansa en una tranquila bahía y tiene reputación surfera, pero desprende un ambiente más familiar y elitista que Byron Bay. Entre sus canales marítimos, aceras impecables y tiendas de lujo, pasamos las primeras horas de vacaciones sin demasiadas preocupaciones.

Fraser Island

Rainbow Beach nos esperaba con lluvia, viento y un golpe desafortunado en el panel frontal de nuestro Hyndai de alquiler. Fue un jarro de agua fría para el tercer día de viaje y pasamos una tarde llena de preocupaciones, pero encontramos el camino para relajarnos, superar asperezas y explorar la duna de San Carlo en un paseo bajo la llovizna.

Estábamos a las puertas de Fraser Island, uno de los destinos naturales más visitados de la costa este australiana. Los aborígenes que habitaban sus tierras hace miles de años, sabios moradores de estos bosques sagrados, fueron brutalmente reprimidos con la llegada del hombre blanco. Creo que por ello la isla guarda una energía transcendente, que sostiene este lugar más allá de la mediocridad de turismo actual. Conocida por ser la isla de arena más grande del mundo, en Fraser Island hay playas que no acaban, dunas colosales, dingos en las sombras y lagos turquesa. El camping de Central Station está situado en un maravilloso bosque, donde recomiendo pasar la noche sin demasiados lujos. Simplemente estar allí, escuchar, respirar, pasear. Dejarse sentir por la energía de sus arboles centenarios, dormir como un bebé acurrucado en los brazos de la madre tierra.

A unos treinta minutos en 4×4, por salvajes caminos de arena, el bosque se abre para dar espacio a Lake McKensie. Probablemente la primera hora del día o el final de la tarde, son las mejores horas para admirar sus aguas de azul brillante y su fina arena blanca.

La playa oriental de la isla, para diversión de los visitantes, se ha convertido en una autopista de 90 millas exclusiva para todoterrenos. No voy a negar que fue divertido conducir a 100 km por sus pistas. Descarga adrenalina, y tiene un punto conquistador.

Mi recomendación para visitar Fraser Island es alquilar un todoterreno por dos o tres días entre 3 o 4 personas y aventurarte por tu cuenta. Una vez dicho esto, más vale tener mucha precaución y solo conducir por la arena más firme, si no quieres verte en problemas. También puedes cruzar a la isla sin coche y zambullirte en lo salvaje en un recorrido a pie de más de una semana, como hizo mi amigo Gari.

Whitsundays Islands

Según avanzábamos hacia el norte, el trópico se hacía más evidente y los campos de azúcar y las plantaciones de plátanos se multiplicaron. Al otro lado del horizonte, la gran barrera de coral luchaba por sobrevivir. Llegamos a Arlie Beach con un plan bastante claro: coger un taxi barco que nos llevara a Whiteheaven Beach y pasar un par de días acampando en el paraíso. El ruido de los helicópteros y el ajetreo de ferries con turistas durante el día, no nos impidió presenciar amaneceres y atardeceres tranquilos y noches estrelladas. Me llevé una intensa conexión con su naturaleza. Volví a ser una niña durante los 5km que recorrí a lo largo de la playa hasta la desembocadura del río, un lugar sagrado para los aborígenes. La textura de la arena, el color del agua, la calma de la brisa. Tengo un recuerdo tan nítido y sanador de aquel lugar que no creo que olvide.

Tras un debate interno de tipo ecológico–ético, finalmente decidí montarme en una avioneta y sobrevolar la barrera de coral. Sentía mucha tristeza porque el cambio climático está aniquilando el coral y hay muchísimas partes afectadas, en las que el coral se convertido en un esqueleto blanco y toda la vida marina que sustenta está desapareciendo. Montarme en un avión que consume litros y litros de gasolina solo por el placer de una sesión fotográfica no parecía la mejor contribución para un cambio responsable y real. Pero lo hice porque necesitaba verlo. Y ahora recupero esa visión de mi retina cada vez que tengo que tomar una decisión menos cómoda para mi, más amable sobre nuestro planeta. La barrera de coral es un el mayor organismo de la tierra. Todo el sistema de coral es un único entramado de vida, que me recordaba a nuestras conexiones neuronales. Como si compartiéramos un mismo patrón, como si fuéramos uno con el coral.

Daintree National Park

Una vez superada la llegada a Cairns y los altibajos que trajo consigo, Daintree National Park me devolvió la sonrisa. Respiré aire fresco en sus playas habitadas por cocodrilos, tiburones y medusas letales y caminé por senderos en el bosque tropical más antiguo del planeta. Tres noches allí fueron suficientes para conectar con un energía milenaria que apaciguó mi espíritu y me dio fuerzas para cerrar el viaje como se merecía. Los últimos días del viaje no fueron fáciles, se acercaban momentos de cambio e incertidumbre. Por suerte, disfruté de la compañía de una nueva hermana por las pintorescas calles de Kuranda, caminé entre tesoros florales en los jardines botánicos de Cairns y volé de vuelta a Byron Bay llena de gratitud.

Trust the timing of your life. Stay patient, stay calm, stay determined, stay focused and most of all trust your journey.